Escribo aquí y ahora con las gafas quitadas, viendo borrosas las letras de la pantalla, saboreando aún la última cerveza.
Hice estos días pasados un nuevo album de fotos y momentos que ya nunca olvidaré. Lo hice con la sensación constante de insatisfacción, de que las cosas no eran lo que debían ser, no eran todo lo que podían ser. Aun así construí una bonita sucesión de diapositivas, de esas que te perseguirán porque te lo mereces, de ronroneos y cancioncillas, de gestos y miradas.
Caminé hasta la taquilla de la estación, miré el mostrador y no vi ningún billete, miré a los ojos de la persona que estaba al otro lado de cristal y me habló de los trenes, de los barcos, de los autobuses, de los aviones y de viajes que habían partido desde la estación hacía ya tiempo. No le pregunté si tenía algún billete para mí, sabía que ya no había ningún billete para volver a casa; le di las gracias, me despedí y salí de la estación para irme a la habitación del hotel a mirar mis albumes de fotos y mis diapositivas. Me dormí en vela para que el tiempo pasara muy despacio y pudiera así mirar una y otra vez mis fotos hasta desgastarlas, como si mañana no fuera a llover de nuevo, como si el verano no se hubiera ido con ella.
Un paseo sin destino, sólo un rumbo imposible como lo es volver atrás. Nunca va la arena hacia arriba... nunca; y la distancia lo es todo, todo lo que no se puede tener.